Su presencia fortalecería la fe de millones de dominicanos, revitalizaría las obras sociales impulsadas por la Iglesia y promovería valores fundamentales como la solidaridad, la inclusión, la paz y la defensa de la dignidad humana.
Desde el punto de vista diplomático, recibir al máximo líder de la Iglesia católica constituye un reconocimiento al peso histórico y espiritual de la República Dominicana en la región.
No debe olvidarse que nuestro país fue el primero de América en recibir a san Juan Pablo II en 1979, una visita histórica que se repetiría en 1984 y 1992, dejando una huella imborrable en la memoria colectiva nacional.
Hoy, décadas después, la posibilidad de recibir nuevamente al Santo Padre representa una oportunidad para reafirmar ese vínculo especial con el Vaticano y fortalecer la imagen internacional de la nación.
Los grandes acontecimientos tienen costos, pero también dejan legados.
La pregunta no debería ser cuánto cuesta la visita del Papa, sino cuánto vale para un país proyectarse al mundo, fortalecer su identidad, impulsar su economía y enviar un mensaje de esperanza a las futuras generaciones.
Hay inversiones que se reflejan en obras de infraestructura y otras que quedan grabadas en la historia.
La visita del Papa pertenece a estas últimas.
Porque, más allá de los números, colocar a la República Dominicana en el centro de la conversación mundial no tiene precio.
