Por : Alanny Encarnación
añana comienza igual, un reloj que suena antes del amanecer, un desayuno improvisado o, en muchos casos, inexistente, ocho horas de trabajo, el trayecto hacia la universidad, cuatro o más horas de clases y, al llegar a casa, tareas, trabajos pendientes y apenas unas horas de sueño antes de repetir la misma rutina al día siguiente.
En apenas 24 horas deben cumplir todas estas responsabilidades y aunque parezca sacado de una caricatura donde el personaje realiza diez tareas al mismo tiempo es la realidad de muchos estudiantes universitarios especialmente de clase media y media baja, que sueñan con mejorar su estilo de vida.
Aunque desde fuera puede parecer una muestra de disciplina o perseverancia, la psicóloga Heidy Camilo advierte que mantener este ritmo durante años puede tener consecuencias que van mucho más allá del cansancio físico y es justo ahí donde surge la pregunta inevitable ¿Qué ocurre con la salud mental cuando vivir se convierte en una carrera permanente contra el reloj?
Vivir siempre en modo “hacer”
La psicóloga explicó que quienes trabajan durante el día y estudian por las noches suelen terminar sus jornadas completamente agotados, una situación que puede derivar en el denominado síndrome de burnout o síndrome del del trabajador quemado, donde la persona va a desarrollar un agotamiento físico y mental y va a deteriorar su salud mental.
Camilo dijo que el problema no se limita al cansancio propio de una jornada extensa, asimismo expresó que, la combinación de trabajo y universidad puede llevar a muchas personas a permanecer en un estado constante de alerta.
“Esta forma de volverse workaholic o adicto al trabajo lamentablemente les obliga a estar en hiperalerta, y siempre estar en cortisol muy elevado”, indicó Camilo.
Para Camilo, uno de los efectos más preocupantes es que el exceso de responsabilidades termina modificando la forma en que muchas personas valoran su propia identidad.
El problema ocurre cuando las personas no se permiten descansar y de que el relajarse represente un momento de tranquilidad, experimentan culpa por no sentirse productivas.
“La culpa es un sentimiento aprendido… cuando yo no cumplo con eso que debe ser, entonces obviamente aparece ese resentimiento hacia uno mismo”. dijo Camilo.
Ante esta situación, la especialista considera necesario replantear el concepto de productividad.
“Es importante que las personas dirijan su atención y mirada a quiénes son ellos como individuos, cuáles son sus valores, sus principios, más allá de lo que yo estoy haciendo conductualmente”
Las primeras señales de alerta
Camilo explico que la astenia, un agotamiento físico-mental, es uno de los primeros llamados de atención.
“Se trata de que la persona puede tomar vacaciones, tomarme unos días y aun continúa sintiendo un profundo cansancio”, dijo Camilo.
El segundo llamado de atención es la alteración en el sueño ¿duermo de más o duermo de menos?
En ese sentido explicó que otro de los factores preocupantes es la anhedonia que es incapacidad para experimentar placer o interés en actividades que antes resultaban gratificantes
“Empiezan a solo pensar en el trabajo, a verse envuelto en el trabajo. Esa disonancia cognitiva entre que, si quisiera hacer algo, pero no puedo porque están haciendo esto u otro.”
“No siempre tenemos que complacer a la sociedad, a una familia o nuestras amistades, en muchísimas ocasiones, cuando hacemos ese reencuadre de tomarnos el tiempo necesario para hacer lo que nos toca, pero también para descansar. Eso va a provocar bienestar y buena salud mental”, manifestó Camilo.
Deserción universitaria
Mientras miles de jóvenes intentan sostener ese ritmo para obtener un título universitario, las estadísticas oficiales muestran que no todos logran llegar a la meta.
Los datos del Ministerio de Educación Superior, Ciencia y Tecnología (MESCyT) reflejan que el acceso a la educación superior ha crecido durante la última década, pero una parte importante de quienes ingresan no consigue completar sus estudios.
Las cifras muestran una brecha persistente entre quienes ingresan al sistema universitario y quienes finalmente obtienen un título, aunque los datos del MESCyT no atribuyen esa diferencia a una causa específica.
En 2012 ingresaron 80,174 estudiantes y egresaron 41,114, para una tasa de egreso de 52 %. Un año después, con 121,717 estudiantes de nuevo ingreso, solo 38,897 lograron graduarse, reduciendo la tasa a 41.91 %.
La tendencia continuó en los años siguientes. En 2014 la tasa de egreso fue de 41.85 %, mientras que en 2015 alcanzó 43.12 %. Aunque en 2016 se registró una excepción con una tasa de 66.93 %, el comportamiento no logró sostenerse: en 2017 descendió a 48.93 %, en 2018 se ubicó en 50.29 % y en 2019 volvió a caer hasta 45.62 %.
Las cifras muestran una brecha persistente entre quienes ingresan al sistema universitario y quienes finalmente obtienen un título, aunque los datos del MESCyT no atribuyen esa diferencia a una causa específica.
El reto de alcanzar un sueño sin perder el bienestar
El desafío consiste en encontrar un equilibrio entre la formación profesional y el bienestar emocional, en una realidad donde cada vez más estudiantes deben dividir sus días entre el empleo, la universidad y las responsabilidades personales.
Porque detrás de cada aula llena al caer la noche hay historias de sacrificio, jornadas interminables y sueños que avanzan, muchas veces, al mismo ritmo del agotamiento.
